Porque siento que son las tres acciones, los tres
verbos, que me definen hoy: amar, cambiar, crecer. Y el gerundio (terminación “ando”/“iendo”) se
debe a que lo hago (en presente) todo el tiempo, que lo estoy haciendo, en este
momento, aquí y ahora… permanentemente. Como dice la famosa frase “lo único
constante es el cambio”.
No sólo AMO todo el tiempo, siento AMOR, sino que
continuamente estoy cambiando.
La maternidad sacude las bases, cambia los paradigmas,
nos demuestra que todo aquello que tantas veces afirmamos con seguridad, está
por verse, está por comprobarse. Y generalmente sucede que no se comprueba,
sino todo lo contrario, se rectifica, se modifica.
Cuántas de nosotras hemos dicho alguna vez “cuando
tenga un hijo, lo voy a hacer dormir en su cuna”, o “no entiendo a las madres
que no corrigen a sus hijos cuando hacen… (tal o cual cosa)”, y después
terminamos durmiendo con nuestros hijos, y alguna que otra vez no los
corregimos cuando consideramos que debiéramos, sencillamente porque estamos
exhaustas, y, ¡alguna vez hay que bajar
la guardia!
Y el cambio me lleva al tercer verbo: crecer. Quien
cambia, crece. Alguien cuyas opiniones se mantienen inalterables a lo largo del
tiempo, difícilmente crezca.
La segunda opción para el nombre del blog era
“Creciendo junto a mis hijos”, nombre que finalmente terminé poniendo a la
dirección del blog.
Considero que no son sólo los niños quienes crecen en
una relación madre-hijo. Es más, creo que quien más crece es la mamá, y, en el
mejor de los casos, también el papá (cuando es un papá presente, que cambia
pañales, baña, mima, etc, cosa que por suerte está pasando cada vez más).
Si nos detenemos a observar a nuestros hijos, y si
somos capaces de despojarnos de la soberbia que muchas veces nos cubre los ojos
a los adultos, y que nos hace sentirnos más importantes que los niños, más
sabios (nada más alejado de la realidad), podremos descubrir la verdad: que son
nuestros hijos quienes nos enseñan. Nosotros estamos aquí para cuidarlos,
porque son seres desvalidos, y ayudarlos a desenvolverse en este mundo y en la
sociedad en que viven. Sin olvidar lo principal: ayudarlos a ser ellos mismos,
a seguir sus gustos, sus impulsos, sus ideales.
Quienes realmente cuentan con las enseñanzas más
valiosas son ellos, porque no están contaminados aún, porque ven con el
corazón. Nosotros creemos saber más porque acumulamos información a lo largo de
los años de vida, pero son los niños los portadores del saber más profundo.
Debemos aprender a mirar.
Gracias a mis hijos amo más profundamente de lo que
jamás amé. Gracias a ellos cambio… Y porque cambio, crezco con ellos…